The Space in Between (2025)
The Space in Between es una instalación participativa realizada en Australia que cruza cartografía, intuición y juego colectivo. A partir de collages de cuadernos y miles de pequeñas piezas cerámicas, la obra invitó a un grupo de participantes a componer una imagen común desde la observación, el ritmo y la presencia compartida. Nacido del cruce entre un viaje por Australia Central y una investigación sobre creatividad social, el proyecto propone el arte como una experiencia de atención colectiva capaz de registrar el instante vivido y transformarlo en una huella material compartida.
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The Space in Between es una instalación participativa realizada en marzo de 2025 en el espacio privado de arte de la colección Briggs–LARA, en Red Hill South, Australia. La obra surge del cruce entre dos líneas de investigación que han marcado mi trabajo reciente: por una parte, la experiencia de un viaje y residencia en Australia Central en 2023; por otra, una investigación en torno a la creatividad colectiva y sus condiciones de aparición en la vida cotidiana.
Durante mi estadía en Australia, me impactó profundamente la relación entre paisaje, memoria y conocimiento. Me interesó especialmente la posibilidad de pensar ciertas formas de representación —como el mapa o el dibujo— no como traducciones del territorio, sino como huellas sensibles de una experiencia vivida en relación con otros, con la tierra y con el tiempo. Esta intuición se encontró con una pregunta que atraviesa mi trabajo: cómo crear situaciones donde el arte opere como una forma de pensamiento compartido, encarnado y libre.
A partir de ese cruce nació este proyecto. Para The Space in Between realicé tres grandes impresiones a partir de collages de mis cuadernos, incluyendo páginas y notas del viaje. Sobre estos paneles, un grupo de doce participantes fue invitado a intervenir colectivamente disponiendo cerca de 3.000 pequeñas piezas de cerámica en forma de medialuna, manipuladas con la punta de los dedos. La consigna fue simple: seguir la intuición, observar ritmos, responder a las decisiones de otros y permitir que la imagen emergiera a través del juego.
La acción fue concebida como una experiencia de presencia compartida. Más que componer una obra cerrada, se trataba de dejar que apareciera una cartografía provisional del momento vivido entre quienes estaban allí. Cada gesto —mover, repetir, acercar o dejar un espacio— se volvía parte de una imagen colectiva hecha de atención, ritmo y relación.
El momento de finalizar la acción, daba paso a la comensalidad, el acto de beber y comer en compañía de otros. Las piezas luego fueron fijadas en la posición que habían sido dejadas, dando forma a una obra compuesta por un tríptico y un video de la performance. La obra fue adquirida por la Briggs–LARA Collection of Latin American Art.
Así, The Space in Between existe simultáneamente como instalación participativa y collage como registro: una obra que entiende la creación como un proceso colectivo y el arte como una forma de dar espesor sensible al presente compartido.
The Space in Between. A socially engaged performance by Paula de Solminihac
Text by Carolina Castro Jorquera
Cuando una mayor comprensión de la interconexión emerge en nuestras vidas, entendemos que nada ocurre ni nadie existe de forma aislada. Todo está en relación con algo más: proviene de algún lugar o conduce a otro, aunque no siempre sepamos dónde. Los lugares —sean geográficos, emocionales o simbólicos— existen de manera simultánea, pues conllevan, además de una localización espacio-temporal, una amplitud de sentidos, emociones e historias entrelazadas. Son memorias relacionales que transforman lo local en algo ubicuo, en tanto trascienden su propio emplazamiento.
Algo similar ocurre con el pensamiento cuando reconocemos que las ideas y el conocimiento emergen de forma orgánica, influidas por momentos de presencia plena —el ahora— y por conocimientos situados —el aquí—. Pensar se vuelve entonces un proceso encarnado de diálogo continuo, moldeado por los territorios que habitamos, por los vínculos que nos sostienen y por los tiempos que nos atraviesan. Como señala el antropólogo Eduardo Kohn, el pensamiento no es una facultad exclusivamente humana, sino una capacidad que se despliega en un entramado de relaciones vivas, donde humanos y no humanos participan en la creación de sentido.
Desde esta perspectiva el arte tiene la posibilidad de empujar los bordes para iluminar espacios intermedios. En ese gesto, las obras de arte no solo representan lo visible, sino que activan una zona de latencia: aquello que, aun presente, se sustrae. Como señala Georges Didi-Huberman, “lo que vemos solo vale —solo vive— en nuestros ojos por lo que nos mira” (1992), recordándonos que toda imagen comporta una dimensión de ausencia que nos descoloca y también nos implica. Ver nos sitúa en una relación donde lo visible está atravesado por un vacío constitutivo, por algo que insiste sin mostrarse del todo. En ese umbral el pensamiento artístico sostiene la tensión de lo indeterminado, haciendo del “entre” un espacio de experiencia y conocimiento.
The Space in Between —realizada en marzo de 2025 en el Espacio privado de arte de la colección Briggs-Lara de Arte Latinoamericano en Red Hill, Australia — propone prestar atención a estos intersticios relacionales, donde la autoría individual se difumina ante el quehacer colectivo y cooperativo, destacando las conexiones entre el pensar y el hacer. Allí la obra, realizada in situ, se activa a través de espectadores que se vuelven creadores, cuerpos atentos que se dejan llevar por un entramado vital. Cada uno es invitado a un juego de composición en un tablero previamente diseñado por la artista en base a sus cuadernos con bocetos y apuntes, fragmentos sueltos de pensamientos, y un módulo de cerámica que por su forma, bien puede organizarse para funcionar como ramas y otras formas vegetales, como hebras que tejen trenzas, espirales, fases lunares u otras composiciones circulares. En el proceso de composición de cada tablero se revela una forma de pensamiento, de hacer arte, donde el “entre” no ocurre solo en el espacio imaginario y reflexivo, o del mundo interior de quien hace o quien mira, sino que se convierte en un vacío presente y concreto, un campo fértil. El concepto de The Space in Between hace referencia a las reflexiones propuestas por el escritor y pensador indígena australiano Tyson Yunkaporta, quien en su libro “Sand Talks”, analiza los sistemas globales de pensamiento a través de la costumbre del clan Apalech de dibujar en la arena, señalando que el verdadero entendimiento no se encuentra en los puntos fijos, sino en los espacios intermedios, en las fuerzas relacionales que conectan y ponen en movimiento.
Dos años antes de crear esta obra, Paula de Solminihac había viajado a Australia Central para realizar una residencia autoguiada en el Territorio del Norte. Durante ese recorrido conoció a personas y escuchó sus historias, recorrió las geografías sinuosas de Uluru y Kata Tjuṯa. Más que un desplazamiento geográfico, el viaje quedó inscrito como una experiencia de inmersión en un territorio que, aunque desconocido, resonó con procesos de creación que venían teniendo lugar en su práctica artística desde hacía mucho tiempo. Como esas memorias relacionales, en que el presente anuda eventos pasados en una nueva temporalidad, aquello que fue conociendo y aprendiendo en el viaje comenzó a hacer sentido con formas de hacer-pensar que venían gestándose simultáneamente desde experiencias previas. Una vivencia que reforzó una premisa ya habitual en su práctica: la necesidad de crear y cuidar el conocimiento en colectividad, y de valorar el deambular —físico y mental— como una forma de tejer relaciones.
En The Space in Between, ese aprendizaje se tradujo en una experiencia centrada en que una forma de pensamiento no se separa del cuerpo ni de la acción. Para jugar, solo había una consigna: estar presentes. Pensar, aquí, no significaba analizar ni juzgar, sino responder a lo que emergía en común. Un pensar que se da en el gesto, en la pausa, en el acuerdo tácito y en la atención mutua. Un pensar que acepta la incertidumbre y renuncia al control total, permitiendo ser afectado por otros —por la cerámica, los dibujos—, por el ambiente festivo y creativo que participan del mismo entorno. Ser afectado es entrar en esa trama que nos expande. Es permitir que el ritmo de otro ajuste nuestros pasos hasta que aparezca una coreografía compartida. En ese sentido, lo que allí se ensayaba era dejarse tocar para poder responder. Como la arcilla que solo se vuelve forma cuando acepta la presión de las manos, el pensamiento en común emergía de esa disposición a ser transformado.
El juego concluía cuando el interés del grupo comenzaba a decaer, cuando se alcanzaba un acuerdo colectivo sobre la composición de la obra o cuando alguien empezaba a pensar demasiado antes de actuar. Ese umbral —cuando el pensamiento se adelanta al gesto— marcaba el cierre y abría paso a la comensalidad: el acto de beber y comer en compañía, como una extensión natural del estar juntos. Más que imponer una forma a la materia, la disposición de las piezas de cerámica sobre los tableros se trataba de seguir las líneas de fuerza que ya estaban allí, latentes, esperando ser reveladas. El cierre del juego funcionaba entonces como un pequeño ritual: no una decisión arbitraria, sino el reconocimiento de que el orden compartido había emergido y debía ser honrado, del mismo modo en que el artesano deja aparecer las vetas del mineral y el rito desvela, en el territorio humano, las relaciones estructurales del universo.
Más que proponer una reflexión sobre una obra, esta experiencia plantea una pregunta más amplia: ¿qué significa pensar con otros? Pensar con otros implica reconocer que el pensamiento no nos pertenece por completo, que se forma en el tránsito entre cuerpos, materiales, territorios, memorias y tiempos diversos. Como plantea la socióloga Aymara Silvia Rivera Cusicanqui, el conocimiento no se produce únicamente en el plano abstracto, sino en el hacer-pensar cotidiano —de la huerta, de la cocina— en gestos simples que sostienen la vida en común. Pensar con otros es aceptar que el conocimiento es un deambular colectivo, a veces circular, curvilíneo o lineal, y que muchas veces se construye desde lo mínimo: un gesto, un juego, una conversación, un chiste o un silencio compartido.
Las formas de pensamiento que atraviesan The Space in Between —en diálogo con tradiciones ancestrales , reconocen la rica complejidad de la trama vital y proponen un giro necesario frente a las lógicas dominantes del pensamiento moderno, y también de hacer arte. Un desaprender la rigidez del pensamiento para abrirse a un pensar orgánico, sensible a la interdependencia de la vida.
La cartografía resultante no representa un territorio fijo, sino un espacio vibrante. Es un registro frágil y situado de un instante de vida compartida: un tapiz tejido entre muchas manos que da cuenta de la potencia de lo colectivo y del valor del presente. En ese “entre” —entre personas, ideas, memorias y materiales— la obra deja abierta una pregunta que resuena más allá del espacio expositivo: ¿y si pensar, hoy, fuera ante todo un acto colectivo de cuidado?